3/10/08

El Estilista de mi Barrio

He vivido en el Centro de Lima desde el día en que nací. No conozco otro distrito en el que exista tanta gente diferente viviendo junta. He comprado en las mismas tiendas sin variedad y caminado por las callecitas rotas y cochinas al lado de periodistas, empresarios, actores, médicos, militares, cantantes, modelos, desempleados, choros, putas, extorsionadores, asaltantes de bancos, travestis, violadores de niños, asesinos y estilistas. Conozco, por lo menos, a un ser limeño que ejerza cada una de las profesiones que mencioné. Conocía todos menos a un estilista. Por lo menos hasta hace tres semanas.
No necesitaba verlo en tele para saber que ese estilista era de mi barrunto querido. La gente de la avenida Emancipación sabe que la casita de casa de rejas de la cuadra 4 vio crecer a Julio César, un joven flaquito y sin gracia que avanzó solito y que ahora es dueño de un imperio de la belleza que lleva su nombre.
Julio César nunca me llamó la atención, por lo menos no físicamente, es más, me espantaba ver como cada año se hacía tales experimentos en la cabeza que me hacían preguntarme porqué la gente es capaz de separar con meses de anticipación una cita con él si al final acabaría tan feo como él.
Eso pensaba hasta que lo conocí. Como todo personaje del mundo fashion, estuvo en la fiesta de la regia revista Casos y, obviamente, me podía contar más de un chismecito para la nota que estábamos preparando en el programa. Fui a buscarlo a su peluquería. me vio llegar y se me acercó. Me observó como 2 eternos minutos y me dijo: Qué haces aquí. Le expliqué el porqué de mi presencia y me dijo que lamentablemente no me podía ayudar. Contarme los detalles de la juerga podía dejar mal parado a más de un amigo sobretodo a un actor que estaba en el ojo de la tormenta debido a su nueva relación con la editora de la revista y que, cada vez que viaja a Colombia, lo aloja en su casa. No tenía tiempo que perder, mi nota salía en tres horas, me despedí rápidamente pero él me detuvo y me dijo si me podía cortar el pelo. En ese momento no me pareció algo extraño. Era un estilista y yo tenía el pelo realmente sin forma. Quería ayudarme. Luego de convertir mi cabello en una obra de arte me di cuenta de dos cosas. La primera, que Julio César puede crear cualquier esperpento para su cabeza, pero nunca para alguien que está en sus manos y, segundo, que quería cortarme el pelo para que me pudiera ver como quisiera. En palabras más sencillas y menos románticas, quería tirarme.
Quedamos en que me recogía después del programa, pasó por mi en su camioneta. Era extraño. Él es extraño. Verlo a él dentro de todo ese lujo es algo que no veo todos los días. Su mezcla es extraña pero irresistiblemente atractiva. Nunca olvidaré que tenía un fichísimo televisor dentro del auto en el que se veía la exclusiva señal de Red Global, cuya programación había terminado una hora antes de nuestro encuentro. Fuimos a mi disco favorita, tomamos unas cuantas cervezas y nos despedimos con un largo beso. por lo menos ese recuerdo, porque, como me suele suceder, las cervezas me marearon al toque. No tengo en la cabeza mucho de esa primera cita, salvo que antes de verme estuvo cenando por el cumpleaños de Laura Bozzo en un fichísimo hotel y también que no pudimos bailar porque en la semana había sufrido un accidente en el programa de baile en el que participaba. Al día siguiente, quedamos en vernos al terminar el reality en el que competía. Nos encontramos como a las 2 de la mañana. Luego de pasearnos por el Down Town, Legendaris y Sagitario, decidimos ir a su casa antes de seguir bajando el level de nuestros points.
Yo estaba convencido hasta antes de conocerlo que era pasivo. Cuando lo conocí creí que era moderno y cuando me penetró sin queja alguna descubrí que era más activo que el perro de mi vecino que ha hecho más hijos que Chiquito Flores a todas las caninas de mi barrio. No duró mucho y tampoco fue la gran cosa. Mientras estaba sentado encima de él observaba su cuarto. Estaba todo desordenado, tenia bolsas con cerros de ropa en el suelo y los cajones y espejos fuera de su sitio. Se había mudado hace cuatro días y su apretada agenda no le daba espacio para ordenar. Cuando terminamos, trato de limpiarse, cogió un polo blanco de entre todos esos miles y quitó todo rastro de semen. Luego de unos segundos me miró asustado y me dijo que el polo que utilizó era el que me había sacado. No podía decirle nada, no le iba a decir que era mi polo favorito desde que me lo compré y que ahora no puedo volver a usar porque su leche de mierda ha dejado unas manchas horribles que no puedo sacar así lo tiña de otro color. Pero en ese momento, solo respondí: No importa, se lava. Maldita la hora, en que no le dije: Me lo pagas ahora mismo que tú te puedes comprar veinte de esos pero yo no. No le pude decir eso porque misteriosamente, en menos de 24 horas, sentía que Julio cesar ya no era un desconocido para mi. Sentía algo especial por él. me quedé todo el domingo y almorzamos juntos en Miraflores. Nunca olvidaré que cuando fue al baño dejó su billetera y al rato vino la dueña con la billetera llena de tarjetas pero nada de dinero. Ojalá yo pudiera ser asaltado y no preocuparme tanto cuando vea que me han quitado plata. Sentí que era un ser diferente. Sentí que aunque mis amigos y conocidos pensaban que era horrible y que solo debía estar con él porque me convenía. Yo les cerraba la boca diciendo que no era cierto y que si lo conocen, se van a dar cuenta que la leyenda del estilista de mi barrio era cierta. Julio Cesar salió del centro de Lima porque era su hora y ese domingo, veintidós años después de que yo llegué a ese distrito, había llegado la mía.
Pasamos una semana maravillosa Nos veíamos en el poco tiempo libre que teníamos. Llegaba al trabajo y lo llamaba. Sabía que él timbraría mi teléfono a la hora de almuerzo, Luego yo lo llamaría antes de entrar al vivo, y el me timbraría en los cortes comerciales. Qué mas podía pedir. Había aprendido en tan poco tiempo a extrañar a alguien, me sentía muy bien y sentía que él también.
El viernes siguiente, exactamente siete días después de haberlo conocido, salimos. Fuimos de nuevo a bailar y luego a su casa, volvimos a tirar, yo de nuevo sentado encima de él, veía los mismo cerros de ropa en el suelo, todo era exactamente igual. El sexo fue exactamente igual, salvo que esta vez me dijo que pusiera mi pene en su boca. No acostumbro hacer ese tipo de cosas de activo, pero bueno, me encantaba complacerlo. Fuera de eso, nada cambió. Todo estaba perfecto, hasta que me levanté y fui al trabajo. Luego del beso de despedida no supe más de él. No me contestaba las llamadas y nunca más me llamó. Hoy me lo encontré en una discoteca y decidí escribir esto para demostrar que a veces, la gente, sí es lo que aparenta.Julio César, yo sabía que eras un hombre que había cambiado desde que abandonó el barrio pero no sabía que lo habías hecho para mal. Yo no quise ilusionarme contigo pero tú me dijiste el primer día y me recalcabas a cada rato que querías que lo nuestro sea serio y encima, me preguntaste cuando hablábamos con mi mamá. Gracias por haberme enseñado que la plata no hace a la gente, porque cuando te vi hoy estabas tan ebrio y tan solo que me di cuenta que tu esencia es lo malo, lo que guardas a pesar de todo lo que has conseguido. Gracias por haberme hecho abrir los ojos en tan poco tiempo y por que cuando te dije para conversar, me dijiste voy al baño y te esfumaste por ahí. Maricón!, Maricón!, Mil Veces Maricón!. No se engaña a la gente que no te hace nada malo. No se engaña a la gente que tu buscas para ilusionarla. No se engaña a la gente que te defiende de sus amigos y hasta de los tuyos que no hacen otra cosa que hacerte sentir mal. Y sobre todo, no se engaña a la gente idiota como yo que te cree y se enamora de ti en menos de una semana.